La huida

El puñetero ojo de la cerradura no cedía. “¡Te has equivocado, gilipollas!”, me reprochó Marisa, con su delicadeza habitual. Y así era: el manojo de llaves bueno, el que abría el portal, reposaba sobre la mesa del salón. Cansados; en una ciudad ajena; frente a una casa prestada, se nos echaba la madrugada encima. Le propuse ir a un hotel. No quiso. Prefería esperar a algún vecino, haciendo guardia dentro del coche. Así que fui a por él un par de calles más abajo. Me puse al volante. Ya en las afueras, un cartel me deseaba “Buen viaje”.

El comienzo de este microrrelato corresponde a uno de los inicios obligatorios del concurso de relatos en cadena de la SER. En él se mezcla la ficción y la realidad. Marisa soy yo. La ciudad, Valencia. No sólo se nos echaba la madrugada encima, también el frío. Pero él no se marchó. Regresó con el coche. Lo aparcó junto a la vivienda. Y, mientras yo dormía en el asiento del copiloto, él estuvo vigilando  hasta que una pareja llegó al portal. Habían transcurrido dos horas. A la mañana siguiente desayunamos  bajo las ramas de un olivo centenario. Todo perfecto: el café, el zumo de naranja, la tostada de tomate…Me quedé mirándolo y pensé: “qué bien le sienta la barba”.

Que no, que no es él

Por más que lo miraba no encontraba en él nada que me resultara vagamente familiar. Aquel tipo había irrumpido en mi casa. Sí; había abierto la puerta utilizando una llave y se dirigía hacia mí con la intención de besarme. Yo sentí repulsión. No me gustaba nada su boca; sobre todo al sonreír. En ese momento el labio superior se reducía a una línea fina y alargada. Busqué en mi memoria alguna imagen similar a esa y no encontré nada. Tampoco recordaba esas arrugas que ahora se dibujaban en su rostro. ¡Treinta años sin afeitarse la barba y de repente…! Podría haberme avisado, por lo menos. Ahora tendría que convivir con un extraño; como mínimo, durante algunos días. ¿O,  quizás, sería un desconocido para siempre?

¿Por qué el dinero nos hace necios?

En octubre cumplirá 14 años. Mi hija ya los tiene. Han compartido experiencias muy intensas: viajes, habitaciones de hoteles, cansancio, deseos…Cada vivencia les iba robando pedacitos de inocencia en un camino, sin retorno, hacia la pubertad. Cinco años de sus vidas embarcadas en un mismo proyecto. Y, sin embargo, siempre tan distantes. Ella reside en los Ángeles (California) y- según su padre-,  mi hija en una zona barriobajera, de Madrid. Durante su último encuentro ella le espetó que éramos pobres. Y que nuestra terraza y nuestro baño mugrientos -fue bien recibida  en casa, en una ocasión- era una prueba más de la brecha social existente entre ellas-. No sé si algún día volverán a cruzarse sus caminos. Sólo espero no hallarme delante.  Quizás no sepa medir mis palabras. Vivo en Carabanchel.

Tengo que sacar al perro

Tengo una hija, un marido y un perro. Y no me gustan los perros. Vale, ya sé que no es una buena manera de empezar, pero es la verdad. No me gustan los perros. En media hora, como mucho, estaré paseando con él por el parque. Bueno, lo de pasear es una forma de hablar como otra cualquiera. Estaré siendo arrastrada por la correa. Lo soltaré en un lugar no demasiado concurrido, y le tiraré una pelota para que corra tras ella. Correr, corre; pero lo de traerla de vuelta no lo ha aprendido todavía. Así que tengo que poner mis cinco sentidos para saber dónde deja la pelotita. Soy yo quien la recoge y la vuelve a tirar. Y así hasta que me canso. No; así hasta que miro el reloj y considero que ya es bastante sufrimiento por hoy.